La IA y la religión: Reflexiones de Manuel Jabois

Un llamado a la reflexión sobre la fe y la tecnología

El reconocido periodista y escritor Manuel Jabois ha compartido sus inquietudes en relación a la reciente encíclica del Papa. En sus reflexiones, destaca la creciente influencia de la inteligencia artificial en diversos ámbitos de la vida humana. Su pregunta de fondo es provocadora: si la IA ya ha comenzado a transformar el mundo de la ficción, ¿qué cambios más profundos podría provocar en la esfera de la religión, ese territorio que hemos considerado tradicionalmente como exclusivamente humano y espiritual?

Esta inquietud no es banal. Cuando hablamos de cómo la tecnología impacta en nuestras vidas, solemos pensar en cambios prácticos: cómo trabajamos, cómo nos comunicamos, cómo consumimos información. Pero Jabois apunta hacia algo más fundamental: la posibilidad de que la IA transforme los pilares mismos sobre los que descansa nuestra comprensión del mundo, incluida la fe religiosa que millones de personas practican cada día.

La colisión de dos mundos

En su análisis, Jabois menciona la creación de Dios y la religión como productos de la extraordinaria capacidad intelectual del ser humano. A lo largo de milenios, hemos construido sistemas de creencias, rituales, textos sagrados y comunidades de fe que han guiado y desafiado a la humanidad. Estos universos espirituales han dado sentido a nuestras vidas, han explicado lo inexplicable, han consolado en tiempos de sufrimiento.

Ahora bien, este legado milenario se enfrenta a algo radicalmente nuevo: una inteligencia autónoma que se desarrolla a un ritmo vertiginoso, que aprende de patrones que los humanos ni siquiera podemos comprender completamente. Los sistemas de IA generativa pueden escribir textos que suenan profundos, generar imágenes que evocan lo divino, incluso responder preguntas filosóficas con una coherencia desconcertante. Esto plantea una pregunta que antes parecía absurda pero ahora es urgente: ¿puede una máquina tocar lo sagrado?

Para responder a esta inquietud, el Papa ha hecho una afirmación que toca el corazón del debate. En su reflexión sobre la inteligencia artificial, señaló que

"ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea, genera un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien"

. Esta observación es crucial porque identifica lo que, según la perspectiva religiosa, hace fundamentalmente humana a la fe: no es el conocimiento o la capacidad de razonamiento, sino la entrega del corazón, la conciencia moral, la capacidad de elegir libremente entre el bien y el mal.

La reflexión papal resuena entre escritores y pensadores contemporáneos, quienes también cuestionan el impacto de la IA en la esencia misma de la fe y la espiritualidad. No se trata simplemente de si las máquinas pueden creer, sino de algo más profundo: si pueden experimentar, si pueden ser tocadas por lo trascendente, si pueden amar. Y si la respuesta es no —como sugieren el Papa y muchos pensadores—, entonces ¿qué significa eso para una humanidad que cada vez confía más en estas máquinas para resolver sus problemas, incluidos los existenciales?

El legado de un escritor local

Para entender mejor de dónde surge esta voz reflexiva, es útil conocer la trayectoria de Manuel Jabois. Originario de Sanxenxo, un pueblo en la provincia de Pontevedra en Galicia, Jabois comenzó su carrera periodística en el Diario de Pontevedra, un medio local donde aprendió el oficio de contar historias enraizadas en la realidad cercana. Este origen es significativo porque marca el carácter de su trabajo: un periodismo que no busca únicamente la cobertura de eventos, sino la comprensión profunda de lo que sucede en las vidas ordinarias de las personas.

A lo largo de su carrera profesional, ha colaborado con medios de gran prestigio nacional como El Mundo y Onda Cero, consolidándose como una voz reconocida en el panorama mediático español. En la actualidad, es un colaborador habitual de la Cadena SER, donde sus reflexiones llegan a millones de oyentes. Esta progresión —de los medios locales a las plataformas nacionales— refleja su capacidad para conectar con audiencias diversas y para trasladar preocupaciones profundas a través de un lenguaje claro y accesible.

Pero Jabois no es solo periodista. También es un novelista que explora las complejidades de la existencia humana. Sus publicaciones más recientes incluyen Malaherba (2019) y Miss Marte (2021), obras donde la ficción se convierte en un medio para interrogar quiénes somos, cómo vivimos, qué nos motiva. En estas novelas, el autor examina temas universales: la identidad, la soledad, el sentido de pertenencia, las contradicciones del ser humano moderno. Este trabajo literario revela que sus preocupaciones no son abstractas, sino que emergen de una reflexión profunda sobre la condición humana.

Es desde esta perspectiva múltiple —la del periodista que reportea la realidad, la del novelista que explora lo imaginario, la del pensador que busca entender el significado de las cosas— desde donde Jabois plantea sus inquietudes sobre la inteligencia artificial y la fe. No es una voz que especule desde la distancia, sino alguien que ha pasado décadas observando cómo vivimos, escribiendo sobre ello, e intentando captar lo que realmente importa.

La IA y la religión: Reflexiones de Manuel Jabois

La encrucijada tecnológica y espiritual

La intersección entre la tecnología y la espiritualidad es quizá uno de los territorios más poco explorados del siglo XXI. Durante siglos, estos dos ámbitos parecían ocupar espacios separados: la tecnología era el dominio de lo material, lo medible, lo controlable; la espiritualidad era el dominio de lo inmaterial, lo misterioso, lo trascendente. Pero hoy esa separación se desmorona.

Piensa en cómo usamos la tecnología en contextos religiosos. Las iglesias transmiten misas por internet, los fieles consultan apps para saber a qué hora es el rosario, los monjes tienen perfiles en redes sociales. La tecnología ha penetrado profundamente en la práctica religiosa. Pero todo eso es relativamente superficial: son herramientas al servicio de una fe que sigue siendo, en esencia, igual a la de hace cientos de años.

Lo que Jabois y otros pensadores plantean es diferente. Es la posibilidad de que la IA no sea simplemente una herramienta que usemos en contextos religiosos, sino que sea algo que altere fundamentalmente cómo experimentamos, practicamos y entendemos la fe. ¿Qué sucede cuando preguntamos a un chatbot de IA sobre el significado de la vida y recibimos una respuesta que suena profunda? ¿Cambia algo en nosotros? ¿Puede una máquina ser un confesor virtual? ¿Puede ofrecer consejo espiritual?

Estas no son preguntas meramente técnicas. Son preguntas teológicas, filosóficas, existenciales. Porque si la respuesta es sí, entonces se abre la puerta a la posibilidad de que lo que hemos considerado sagrado —el encuentro entre un sacerdote y un fiel, la meditación solitaria, la experiencia de lo divino— pueda ser mediado, sustituido o transformado por máquinas. Y si la respuesta es no, entonces debemos preguntarnos por qué no, qué es lo que la IA no puede tocar, dónde reside exactamente esa chispa que hace la experiencia religiosa irreducible a cálculo y algoritmo.

Los interrogantes que quedan abiertos

La evolución de la IA no plantea solo interrogantes sobre el futuro de la religión, sino también sobre su capacidad para adaptarse a un mundo cada vez más digital. Las instituciones religiosas han sobrevivido a muchos cambios a lo largo de la historia: la imprenta, la modernidad, la secularización, la globalización. Cada vez, se adaptaron, encontraron nuevas formas de ser relevantes, de conectar con sus comunidades.

Pero la IA podría ser un desafío de otro orden. No porque sea antirreligiosa —de hecho, el Papa reconoce el potencial de la tecnología para el bien—, sino porque toca algo muy fundamental: la noción de qué significa ser humano, qué nos hace especiales, en qué consiste nuestra dignidad. Cuando creemos que la dignidad humana reside, en parte, en nuestra capacidad de creer, de amar, de elegir el bien libremente, entonces una tecnología que simula la credibilidad sin experimentar la fe, que produce texto que parece amoroso sin haber sentido nunca la emoción, representa un reto existencial.

Las instituciones religiosas deberán enfrentar preguntas prácticas: ¿Deben adoptar herramientas de IA para difundir su mensaje? ¿Hasta dónde pueden llegar en esa adopción sin traicionar su esencia? ¿Cómo proteger lo sagrado de la mercantilización y la automatización? ¿Cómo mantener espacios donde la experiencia religiosa siga siendo profundamente humana, donde lo importante es el encuentro real entre personas y comunidades, no la eficiencia algorítmica?

Pero también hay preguntas para la sociedad en general. Si delegamos cada vez más aspectos de nuestras vidas en sistemas de IA —desde decisiones económicas hasta diagnósticos médicos—, ¿qué espacio queda para la experiencia de lo sagrado? ¿Puede existir fe genuina en un mundo donde todo es predecible, donde cada pregunta tiene una respuesta instantánea, donde no hay misterio?

La preservación de la esencia espiritual

En definitiva, las palabras de Jabois y la reflexión papal nos incitan a considerar algo fundamental: cómo la humanidad podrá preservar su esencia espiritual frente a los avances de la inteligencia artificial. Esto no significa rechazar la tecnología o vivir en el pasado. Significa ser intencionales, reflexivos, conscientes de lo que estamos haciendo cuando permitimos que las máquinas entren en espacios que antes eran exclusivamente humanos.

La buena noticia es que el diálogo ya ha comenzado. El Papa ha escrito sobre ello. Pensadores como Jabois reflexionan públicamente. Hay conciencia de que este es un momento crítico, un punto de inflexión donde las decisiones que tomemos ahora afectarán cómo vivimos la espiritualidad en las próximas décadas.

Pero el diálogo debe incluir más voces. Necesitamos que teólogos, tecnólogos, filósofos, artistas, gente común, creyentes y no creyentes, piensen juntos sobre cómo queremos que sea el futuro. Porque al final, lo que está en juego no es solo la religión, sino nuestra humanidad misma: qué significa ser humanos en una era donde máquinas inteligentes caminarán a nuestro lado, y cómo nos aseguraremos de que preservemos lo que realmente importa.

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